La sorprendente crítica jelkide
Evidencias de agotamiento del modelo político
Centrándonos en
el caso vasco, se podría
afirmar que el sistema sufre problemas estructurales. La ciudadanía no tiene
los servicios que necesita y tiene que esperar pacientemente para ser atendida,
lo mismo para hacer papeles obligatorios que para ser atendida por un médico.
Un gran cuerpo burocrático gestiona recursos que reparte en una red clientelar
costosa e ineficaz. La cooperación público-privada ha devenido en un trasvase
de rentas de lo común a lo particular, con una casta de amigos del partido
enriqueciéndose.
Hay un cuerpo militante en ámbitos básicos como la sanidad o la educación que
con voluntarismo y sacrificio intenta atender lo mejor que puede a sus conciudadanos.
Pero el sistema ha estado primando la lealtad por encima de la profesionalidad
y el compromiso, y todo ha degenerado.
Las instituciones y el partido(s) gobernante(s) son vectores de enriquecimiento personal. Esa relación vertebra la concentración de la riqueza. Por contraste, crecen las desigualdades y a mucha gente no le alcanza con su salario. Tienen problemas para acceder a una vivienda o para llegar a fin de mes.
La Policía no está al servicio de la ciudadanía, sino en su contra. Es autoritaria, sectaria y orgullosamente represiva. Se suceden escándalos en sus filas.
Los medios gubernamentales han perdido credibilidad ante la sociedad, porque el control político que se ejerce sobre su línea editorial les impide ser independientes y creíbles. No les dejan hacer periodismo.
El discurso oficial tiene por objetivo desvirtuar las críticas y demonizar a la disidencia. El poder ha perdido hasta la más mínima elegancia. El dogmatismo y la falta de autocrítica han llevado a que la mediocridad se instale y tapone, incluso repela, el talento.
Ante un descontento y una contestación cada vez mayores, ¿cómo no intentar hacer una perestroika (que se puede traducir como «reestructuración», en ruso) y una glasnost (que significa «transparencia»)?
El lehendakari Imanol Pradales es el encargado de llevar a cabo ese reseteo, esa reestructuración. Pero su partido sigue en crisis y la gestiona con viejos dogmas y nuevas ocurrencias. Calificar las iniciativas parlamentarias de la oposición de «agresiones» es ridículo, pero considerarlas demasiadas es inaudito. Ahora les molesta su excesivo celo.
El trabajo es un valor central de la cultura política vasca y rendir cuentas es la obligación de todo gobierno. Seguramente, aunque no se esté al borde del colapso, para darle la vuelta a la situación de decadencia política y social que viven Euskal Herria y sus estructuras no bastará con pequeñas reformas y gestos. Además, se están conformando alternativas y no se deberían menospreciar. Hay margen para el debate, la confrontación y la cooperación, pero no hay opción de trabajar menos o rebajar los compromisos.
IRITZIA. EDITORIAL. GARA.
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